Te vas a morir joven, papá

Te vas a morir joven, papá

“Es que tu no lo entiendes porque no tienes mi edad, hijo” le dijo su padre con una mirada de convencimiento que le hacía arder de impotencia.

“Si fuera más joven, quizás podría hacerlo, pero es que ahora tengo tantas cosas que hacer que no tengo tiempo para andar ‘haciendo gimnasio’ ni nada de eso”.

«¿Y por qué no empiezas con solo un poco?” respondió su hijo “¿Con algo suave que puedas hacer casi sin darte cuenta? Cinco minutos son más que suficientes para construir el hábito y ni siquiera tienes que salir de casa. En un principio la idea no es ponerte bueno, sino ganar impulso”.

Su padre, educadamente, le dejó terminar de hablar, pero su cara denotaba el escepticismo de siempre. Ese comentario le había entrado por un oído y le había salido por el otro.

“Es que no es solo eso, hijo. Yo entiendo lo que quieres decir, pero ya yo me di cuenta de que a mí no me gusta el ejercicio ni nada de eso. Ya lo he intentado con el Yoga, el gimnasio, el trote y demás, pero simplemente no me gusta nada… Yo soy así y ya, no tiene nada de malo”.

Por primera vez en mucho tiempo, Mario vio a su padre con esa mirada de desprecio que le recordaba sus peores épocas. Ese exagerado desdén que, en este caso, era producto de años escuchando el mismo diálogo, las mismas excusas.

¿Era posible que su padre no se diera cuenta de que todo eran historias en su cabeza?

¿En serio no entendía que a nadie le gusta el ejercicio cuando recién empieza y que todo es cuestión de hábitos?

¿No entendía que su salud seguiría empeorando día a día hasta ser tan débil que se convertiría en una carga para los demás?

Mario frunció el ceño con todas sus fuerzas y mirando a su padre directamente a los ojos le dijo: “Ok, como quieras. Pero ¿Sabes qué? Te vas a morir joven, papá. Estás más flaco que nunca y te ves tan débil que me sorprendería que llegues a los 80 caminando por tu propia cuenta”.

Hizo una pequeña pausa y continuó con un tono más relajado, entendiendo que no podía ayudar a quien no quiere ser ayudado “si este es el camino que quieres, bien, pero no pretendas que yo cuide de ti cuando tú no quieres cuidar de ti mismo. Desde este momento me desentiendo de tu estado de salud”.

Miró a su padre para descubrir que por fin había tocado nervio. Su orgullo seguía siendo demasiado grande como para aceptar que estaba cometiendo un terrible error, pero finalmente el dolor de su hijo parecía encontrar su destino.

“Si en algún momento reaccionas, aquí estaré, pero tienes que demostrar que vas en serio” Mario no era tan fuerte como para dejar las cosas así, por lo que decidió hacer un último comentario.

“Demuéstrame que estás haciendo un esfuerzo y volveré a ayudarte. Haré lo que haga falta para que vuelvas a ser el tú de hace 20 años cuando eras alegre y saludable, pero para eso necesito pruebas de que no volveré a invertir mis emociones en una decepción segura. Demuéstrate A TI MISMO que te quieres y yo te querré también”.

Se dio media vuelta, salió por la puerta y sin ver atrás la cerró a sus espaldas.

¿Entraría en razón su padre? No lo sabía, pero ese ya no era su problema.

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