Cómo supero los miedos que me impiden sacar mi mejor versión

Cómo supero los miedos que me impiden sacar mi mejor versión

No te puedo ni explicar el miedo que me dan los fantasmas.

Si algún día se me aparece Freddy Krueger, La Llorona o El Silbón, no les va a dar ni tiempo de matarme porque apenas los vea yo mismo me voy a morir del susto.

Esto es divertido de contar, pero no de vivir.

Cuando tengo miedo, tengo miedo en serio, y por más que rece, medite o encienda las luces, cuando se mete en mi la cabeza es casi imposible de sacar.

En marzo de 2020 (cuando empezó la cuarentena en Madrid) tuve una época muy incómoda por culpa de esta condición, pero así como me pasó con Noremi, Diero y el video que casi me vuelve loco, fue una excelente oportunidad para crecer.

De haber podido, hubiera elegido otra manera… Pero así fue como pasó todo.

«Siempre debe haber alguien en la casa»

Mi trabajo queda en un edificio que tiene más de 100 años. Todo está hecho de madera y el riesgo de incendio es alto, así que, según mi jefe, «siempre debe haber alguien en la casa.»

Yo estuve en desacuerdo con esta norma porque pensaba que todos debíamos estar encerrados en nuestras casas, pero ya que quedarme sin trabajo no era una opción muy favorable (y menos en ese momento), decidí aceptarlo y seguir trabajando en un momento donde ni siquiera sabíamos bien cómo se contagiaba el COVID.

Más adelante resultó ser una bendición desde el punto de vista económico, el problema era que lo único que me daba más miedo que el Coronavirus era que me apareciera un fantasma en el trabajo.

Este edificio es tan viejo que todo en él asusta.

El suelo suena cuando caminas. Las puertas suenan cuando las abres. Algunas luces titilan antes de encender por completo.

Los cuadros…

No discutiré el gusto de la persona que eligió el arte de este lugar, pero sí hay algo que diré con seguridad: hay un cuadro en el comedor que debe asustar a varios de los clientes que viene a comer.

Las primeras semanas de la cuarentena fueron horribles para mí porque:

  1. Me daba miedo tener el virus.
  2. Tenía que seguir tomando el transporte público a pesar del peligro que representaba.
  3. De las ocho horas que pasaba en el trabajo, cuatro de ellas las vivía en un estado de paranoia que me estaba drenando la energía.

Incluso lo hablé con mi compañero (que trabaja en las mañanas) y me dijo que le pasaba lo mismo.

«Coye sí mijo yo lo que paso es miedo por la mañanita antes que salga el sol.»

(Mi compañero es cubano y tiene un acento súper sabroso).

En fin, la estaba pasando mal.

Tenía trabajo cuando todo el mundo quedaba desempleado pero estaba tan ansioso como el resto aún cuando mi motivo era menos preocupante—incluso tonto para muchos.

Pasados un mes y medio había desarrollado algunos trucos que me ayudaban a calmar mi miedo, pero todo terminó un día que llegué de mi casa decidido a hacer lo único que debí haber hecho todo ese tiempo: enfrentar esa m*erda.

Enfréntalo

Mi solución fue simple: cada día al llegar al trabajo daría una vuelta por todo el lugar encendiendo las luces, sentándome en los sillones y caminando de esquina a esquina cada salón.

La idea era eliminar esa asociación que mi mente hacía entre los salones (totalmente oscuros porque no había motivos para encender las luces) y la posibilidad de que dentro de ellos estuviera Chucky esperándome para apuñalarme.

¿Y qué tal funcionó? A la perfección.

El primer día que lo hice sentí una relajación que tenía semanas sin sentir en el trabajo, y para cuando llegó la hora de volver a abrir al público, mi miedo estaba controlado en un 99%—siempre había días donde de la nada escuchaba un ruido y quedaba asustado por 30 minutos.

Aún sigo teniéndole miedo a los fantasmas y a cualquier bicho que pueda aparecerme en la noche, pero a partir de esa experiencia he sabido manejarlo mucho mejor al punto en que muchas veces vuelvo a quedarme solo en el edificio y estoy tan tranquilo como de costumbre.

Lo mejor es mi análisis de la situación ahora que han pasado varios meses.

Ahora lo veo con claridad: no superé el miedo, solo lo entendí.

Entendiendo el miedo

Toda emoción tiene su razón de ser.

La preocupación nos ayuda a mantener la atención en problemas importantes.

La ansiedad nos mantiene alertas cuando lo necesitamos.

La tristeza nos ayuda a sanar heridas emocionales (como aprendimos en Intensa-mente).

A pesar de ser útiles, dichas emociones producen sensaciones incómodas, por lo que la respuesta «lógica» de nuestra mente es evitarlas.

Esto es de lo más común, el problema es que hacerlo conlleva las peores consecuencias que un ser humano pueda experimentar.

Una persona que evita sus preocupaciones termina como yo a principios del 2021 cuando le pagué dos meses de luz y agua a una sin vergüenza que ni siquiera conozco.

Evitar la ansiedad no la hace desaparecer. Quienes lo intentan suelen entrar en un ciclo donde la alejan por un tiempo (normalmente corto) y luego vuelve más fuerte que nunca.

Los que ocultan su tristeza son normalmente desdichados. Todos conocemos a alguien que parece la persona más feliz del mundo hasta que un día descubres que internamente se está derrumbando. Instagram está repleto de esto.

En todos los casos, la solución es la misma: enfrentar el problema.

Así fue como resolví mi problema con Noremi.

Así es como se curan los ansiosos que van a terapia.

Así es como la persona triste sana después de un tiempo de duelo (sea cual sea el motivo de su tristeza).

Y así fue como superé mi problema del miedo en el trabajo. Enfrentarlo fue la única solución que se sintió realmente productiva de todas las cosas que probé.

Al igual que las emociones mencionadas (preocupación, ansiedad y tristeza) el miedo tiene un propósito particular: señalar una amenaza.

Si entendemos esta realidad, el miedo deja de ser esa presión en el pecho mezclada con desesperación para convertirse en un simple aviso.

¿Tienes miedo? ¿Por qué?

Por qué tienes miedo

Con mi miedo a los fantasmas el motivo está claro (me asusta la posibilidad de que me hagan daño), pero este no es siempre el caso.

La mayoría de las veces nos da miedo hablar con nuestro jefe, por ejemplo, y ni siquiera sabemos muy bien por qué.

De hecho, hay veces en las que ni siquiera sabemos que tenemos miedo. Solo sabemos que no queremos hacer algo y lo evitamos a toda costa.

Reconocer el miedo y entender de dónde viene es la parte más difícil del proceso pero al mismo tiempo la más importante.

La habilidad de comprender los mecanismos que lo activan (diferentes para cada quién) no se adquiere en un solo día, pero una vez empiezas a hacerlo, se vuelve adictivo por lo positivo que es.

Siguiendo con el ejemplo anterior, digamos que te da miedo hablar con tu jefe. ¿Por qué?

Podría ser que hayas tenido una experiencia negativa con un jefe anterior, que tengas problemas con la autoridad, que desconfíes de tus habilidades de comunicación, que no quieres que piense mal de ti y por eso prefieres evitarlo…

Hay un sin fin de posibilidades y siempre será una combinación de factores en lugar de un motivo específico que cause el problema.

Tu trabajo es identificar los tuyos en cada situación que te asuste o te haga sentir rechazo (que normalmente es miedo disfrazado) y trabajar en ellos.

Superando tus miedos

Una vez identificados los antes ocultos motivos que activan tu miedo, debes separarlos en dos grupos:

  1. Amenazas reales (1%).
  2. Exageraciones de nuestra mente para protegernos (99%).

Enfrentar las amenazas reales es sencillo de entender pero difícil de aplicar.

Si te da miedo perder tu empleo, es fácil entender que debes hacer tu mejor esfuerzo por mantenerlo y estar preparado por si sucediera lo peor, pero es difícil aplicarlo porque requiere trabajo, tiempo, creatividad, entre otras cosas que solemos abandonar poco después de empezar.

Por otro lado, prácticamente todos los miedos que experimentamos son ficticios, invenciones de nuestro cerebro para adelantarse a cualquier posible escenario que pueda perjudicarnos. En estos casos lo complicado entender que la amenaza no es real.

A veces tenemos a varias personas dándonos buenas razones para tranquilizarnos pero no conseguimos hacerlo porque, en nuestra mente, dichas amenazas son muy reales.

No deberías tener miedo de hablar en público ni tampoco de conocer a tus suegros, ¿Pero cómo haces para decirle a tu mente que no se preocupe cuando lo único que te pasa por la mente es la idea de salir corriendo?

Ser completamente sincero contigo mismo es complicado, pero una vez lo entiendes, es fácil de aplicar. Se vuelve una costumbre y casi sin darte cuenta reconoces que aunque muchas cosas te siguen asustando, pocas pueden dañarte realmente.

Me encantaría ser más específico con respecto a esto último, pero lamento decir que no tengo trucos puntuales para reconocer los engaños que nos hacemos a nosotros mismos.

En mi caso, el aprendizaje ha sido orgánico y ha venido de muchas fuentes, pero si hay una recomendación que nunca falla es la de empaparte de contenido relacionado.

Leer y escuchar acerca del funcionamiento de la mente es siempre beneficioso. Además, el tema de los miedos ha sido estudiado en profundidad y actualmente hay miles de expertos aportando joyas de conocimiento que salvan vidas diariamente.

Tanto si te consideras miedoso como si no, aprender a controlar tu miedo es una de esas habilidades que todo el mundo debería tener. Seguir en redes a un par de cuentas que hablen del tema podría ser lo mejor que hagas este año por tu salud mental.

Antes de terminar

Este artículo se trata de cómo controlar tus miedos, pero aún así no puedo hablar de este tema sin tocar un punto importante: la utilidad del miedo.

Sabiendo que el miedo es señal de amenaza y sabiendo también que la mayoría de nuestros miedos son exageraciones, podemos utilizarlo para descubrir puntos débiles de nuestra personalidad en los que debemos trabajar.

Un claro ejemplo es hablar en público: si te da miedo pero al mismo tiempo sabes que no hay posibilidades de que te pase algo realmente malo, puedes empezar a preguntarte por qué te asusta hacerlo.

La respuesta será algo como «es que me preocupa que las personas se rían si me equivoco.»

¿Miedo a equivocarte? Eso es falta de preparación. Prepárate todo lo que necesites para hacer desaparecer el miedo y lo habrás utilizado como una poderosa herramienta que te señaló justo lo que necesitabas hacer.

(Nota: esto tiene muchas vertientes y no pretendo sobre simplificar algo tan complejo, así que en futuros posts puedo profundizar en este tema para evitar malos entendidos).

En conclusión

El proceso para liberarte de un miedo es:

  1. Identificarlo.
  2. Determinar si es una amenaza real o un invento de nuestra mente (parte más difícil).
  3. Enfrentarlo.
  4. Utilizarlo a nuestro favor.

Los miedos no aparecen únicamente en situaciones donde el riesgo está en sufrir daños físicos. También nos asustan cosas que «amenazan» nuestra psicología como la interacción con ciertas personas o los nuevos comienzos.

Si quieres ahondar en el tema, hay un artículo excepcionalmente bueno de Mark Manson (uno de mis escritores favoritos) donde habla acerca de cómo utilizar nuestros miedos e inseguridades a favor.

Está en inglés y se llama How to Overcome Your Demons. You won’t regret to read it.

«Mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron»

Michel de Montaigne

Todos tenemos más miedos de los que nos gustaría, pero el miedo es parte de la vida y evitarlo no tiene sentido.

Haz las pases con él. Aprende a sentirlo cuando sea necesario y a aprovecharlo cuando no lo sea.

Tu mejor versión te espera al otro lado de tus mayores temores.


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