Coincidir con tu subjetividad no me hace objetivo

Coincidir con tu subjetividad no me hace objetivo

Por: Benjamín Arévalo

En un mundo donde pareciera abundar la gente sin propósito ni intención, quienes dejan entrever su idea de innovar o de aportar algo a la historia de la humanidad que haga valer su paso por ella, se suelen encontrar solos y hasta perdidos. Son tildados de locos, raros, o incluso en un tono despectivo los llaman «soñadores.»

La gente sin propósito ni intención no abunda, simplemente hace más ruido que los demás y por eso en ocasiones parecen ser más. Permítanme explicarme.

Con el avance y el crecimiento de la tecnología, herramientas como las redes sociales han abierto la puerta a cualquiera que quiera expresarse públicamente, generando consigo distintos tipos de reacciones.

Así como hay quienes crean y comparten contenido de valor, las redes y el internet en general se han convertido en un espacio para que aquellos que pregonan el caos y la queja como mantra de vida desechen toda esa carga que lleven dentro (y no se atreven a enfrentar) escudándose en la libertad de expresión y propagando su pesimismo constante disfrazándolo de un realismo sin sustento.

En cierta forma, es normal que las personas acostumbradas al orden preestablecido prediquen a diestra y siniestra, sin contemplación ni reparo, el ideal de lo que es «normal» y lo hacen basados en lo que ellos denominan «la realidad.»

Sin necesidad de entrar en el espiral de subjetividades que pueden constituir esa «realidad», partamos del hecho de que, al ser un concepto basado en la percepción individual, no puede existir una «realidad general» sino una realidad para cada quien, y aun cuando esas realidades individuales puedan coincidir entre sí en determinados puntos, eso no convierte su percepción en un hecho objetivo.

(Objetivo: hechos reales y comprobables. Subjetivo: hechos construidos a partir de percepciones u opiniones. Nota del editor).

Sin embargo, para este selecto grupo de personas ruidosas, su «realidad» parece ser un hecho consumado y por consiguiente pasa a ser el pilar base de la «normalidad» a la que suelen hacer alusión, pero esto no es más que una evidencia fehaciente de que han perdido la capacidad de hacerse preguntas.

Y digo perdido porque pareciera ser una realidad universal que todas las personas durante nuestra etapa de desarrollo no paramos de hacernos preguntas sobre todo lo que nos rodea, por lo cual, para terminar convirtiéndose en seres que aparentan ser conocedores de la verdad absoluta (a juzgar por su discurso) estimo entonces que en algún tramo de su camino algo pasó que les hizo perder esa capacidad, aparentemente innata en los humanos, de hacerse preguntas.

Con todo lo antes nombrado me topé bastante pronto en mi vida, en un momento que podríamos llamar de «desarrollo y formación» y en el cual, además, acababa de perder a mi guía—mi madre murió a causa de un cáncer cuando yo tenía 14 años.

Lleno de dudas, inconforme con las respuestas y preso de una mente que no paraba de hacer preguntas, mi camino se vio trastocado por los matices mencionados en el párrafo anterior. La tan mencionada «normalidad» empezó a ser la alquimia que un ‘loco, soñador, raro’ como yo ansiaba encontrar, esperando así obtener las respuestas a tantas interrogantes y consumar por fin la paz que mi soñadora forma de ser tanto anhelaba, creyendo que de esa forma por fin dejaría de ser señalado por esa mayoría que, aunque existe, no vive.

Después de un largo proceso en el que hubo picos emocionales altos y otros muy bajos, reflexiones profundas y por supuesto muchos cambios, fue cuando por fin comprendí a esas personas.

Entendí que no son más. Solo hacen más ruido porque pareciera ser más fácil elaborar una crítica o un juicio que compartir un cumplido.

Comprendí que detrás de todo su discurso se esconden personas con miedo de descubrir que todo aquello que creen como cierto puede en realidad no serlo.

Incluso hay quienes en determinado momento, ya sea por un suceso externo o por algún atisbo de introspección, se habrán preguntado si todo eso de lo que aparentemente están tan seguros podría ser falso, pero su ego (o quizás su mecanismo de defensa) los invitó a desechar tal posibilidad para evitar enfrentarse la desgarradora realidad de la que han huido por mucho tiempo: la vida es una elección diaria para la cual ninguna guía ajena sirve porque es totalmente individual.

Las personas que aunque existen no viven eligen recorrer un camino circular, una ruta que ya conocen y que por lo tanto se vuelve repetitiva.

Prefieren, aún a pesar de su desdicha constante, vivir en la costumbre por miedo a enfrentarse a aquello que desconocen. Normalmente se trata de personas que durante su etapa de desarrollo sufrieron alguna decepción, una perdida, un fracaso… Cuyo entorno agravó con comentarios ajenos a la realidad evidente, quitándoles la responsabilidad y sembrando en ellos una actitud victimista.

Por eso, con el paso del tiempo, estas personas suelen señalar a su alrededor buscando los culpables de sus desgracias, los responsables del caos donde viven, sin nunca atreverse a mirarse ellos mismos.

Para estas personas, todos los que no comulguen con su ideal representan una amenaza porque sus acciones siembran en ellos la duda que tanto los incomoda. Es por eso que eligen utilizar todas sus armas y oportunidades para hacer el mayor ruido posible, profesando la supuesta «normalidad» sustentada por una «realidad» que, aunque solo ellos ven, exhiben como universal, excluyendo así a todos los que ellos catalogan como «locos, ingenuos o soñadores.»

Teniendo claro este principio, entendamos entonces que aquellos estratos de la normalidad que gran parte de esta sociedad ruidosa pregona, no son más que el cúmulo de las creencias autoinfligidas por personas que no supieron sobreponerse a lo efímero que puede ser el éxito o a lo fugaz que puede ser un fracaso.

Personas que optaron por crear un patrón de conducta pesimista que intentan imponer repitiendo frases como «eso no es tan fácil como crees», «es bonito soñar, pero la realidad es otra» o mi favorita, cuando le restan mérito al logro ajeno fundamentándose en características que el otro posee y ellos no. Tildándolas de «suerte» como una excusa para no asumir el resentimiento que les produce ver que otro logró lo que se propuso a pesar de que no parecía algo «normal» o estaba fuera de la «realidad» mientras que ellos no paran de repetir que esto o aquello es imposible sin ninguna base sustentable más que su propia desdicha.

Por consiguiente, los invito a derrumbar todos los paradigmas y estigmas de la sociedad sobre lo que supuestamente debe ser normal. Los exhorto a evaluar su realidad como algo único y a actuar en consecuencia de sus capacidades más allá de los comentarios negativos que puedan venir del exterior.

No importa cuánto ruido hagan, no permitan jamás que el pesimismo de los demás los detenga de lograr lo que su optimismo cree posible.

En lo que a mí respecta, si lo descrito anteriormente es ser «normal» les pido encarecidamente que de ahora en adelante, me llamen loco, ingenuo y soñador.

Benjamín Arévalo 25/02/2021 Valencia, España.


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