Por qué pasé de fanático a ignorante del fútbol

Por qué pasé de fanático a ignorante del fútbol

«¿Tú a quién le vas, al Madrid o al Barça?»

Ahora me da vergüenza admitirlo, pero toda mi adolescencia giró al rededor de esta pregunta.

Ya lo jugaba desde que era niño, pero a los 12 años pasé de ser un simple entusiasta del deporte a interesarme seriamente por el fútbol profesional.

Conocer los resultados de los partidos era importante pero al mismo tiempo tan básico que pasó a un segundo plano.

Ahora lo que importaba era el mercado de fichajes, las decisiones de los entrenadores, los conflictos entre jugadores del mismo equipo y más importante que todo lo anterior: la historia de los clubes.

Específicamente, la historia del Real Madrid y el Barcelona, los dos «grandes» de España.

Es duro recordarme a mí mismo en épocas donde me comportaba de una manera que hoy en día me avergonzaría.

Más duro aun es compartir esos recuerdos escribiendo acerca de ellos.

Pero lo que diré en este post es algo que todos los fanáticos deberían escuchar y que solo otro fanático (o ex-fanático) puede decir con propiedad.

Esta es la historia de cómo mi entorno me llevó a convertirme en mi peor yo.

Esta es la historia de cómo me volví fanático del fútbol.

Cambio de colegio, cambio de vida

Todo empezó cuando cambie de colegio a los 12 años. Antes de ese momento estudiaba en un sitio más pequeño y humilde donde casi nadie veía el fútbol profesional más allá de algún partido de La Vinotinto—la selección Venezolana de fútbol.

En mi nuevo colegio, llamado Alejandro de Humboldt (o «El Humboldt») todos los niños de mi edad amaban el fútbol como yo amaba Yu-Gi-Oh! y Los Padrinos Mágicos.

Al principio me sentí tan perdido que no tocaba el tema. Si alguien preguntaba, yo era del Real Madrid, pero no conocía a casi ninguno de sus jugadores y mucho menos sabía cuantas Champions habían ganado en los años 50 (cuando la Champions no valía nada, como estarán pensando los Barcelonistas).

En esa época, el «no pertenecer» no era una opción para mí, así que empecé a observar a mis nuevos amigos y a preguntarles cómo sabían tanto del fútbol europeo.

Así fue como mis fines de semana se convirtieron en maratones de la liga española e inglesa, mis comiquitas (caricaturas) de la noche se convirtieron en Fútbol Total y mi página de inicio pasó de Google a Marca.com.

Siguiendo este camino tardé un par de años convertirme en el «experto» que quería ser. Lo bueno del fútbol era que aun sabiendo muy poco podías formar parte de todos los debates porque en prácticamente ninguno se discutía nada importante.

Alguien podía estar hablando de las últimas 5 alineaciones que utilizó el Barcelona en La Liga y otro podía cambiar el tema con total efectividad gritando: «¡El Barça compra árbitros!».

Dicho esto, el tema de las alineaciones quedaba olvidado.

Ahora tocaba demostrar por qué el Barça no compraba árbitros o mejor aun, por qué el Madrid compraba más árbitros que el Barça, lo que según la lógica futbolera, cancela el argumento.

Fueron largos años de aprender datos históricos y nombres de jugadores.

Curiosamente no aprendí nada de fútbol en sí (técnica y táctica) porque en esas discusiones no se hablaba de cómo jugar fútbol sino de los errores de los jugadores profesionales o de lo ladrones que eran los del equipo contrario.

En lugar de aprender del deporte, lo utilizábamos como una novela que todos veíamos y que servía como tema de conversación.

Mi peor yo

Entre los 15 y 16 años cumplí mi objetivo. Ya podía considerarme a mí mismo un «experto» del fútbol y estaba orgulloso de ello.

Si alguien sacaba el tema me apuraba a comentar los datos que conocía y trataba de ser lo más específico posible para que se notara que yo era un conocedor y no uno más del montón.

El 90% del tiempo no sabía lo que decía.

No solo eso, sino que empecé a irritarme más de la cuenta por las opiniones de los demás.

Era íntimo amigo de muchos Barcelonistas, pero eran ellos quienes me hacían pasar mis momentos más oscuros. Cualquier crítica al Real Madrid me ponía histérico y aunque trataba de explicar con hechos por qué el Barcelona era peor, ninguna discusión parecía llegar a ningún lado. No había manera de hacerlos cambiar de opinión o de disculparse por lo que habían dicho.

¿Y por qué me molestaba tanto lo que decían? No me insultaban a mí, insultaban a unas personas que no conozco, pero esta era la dinámica de la que todos formábamos parte.

Si no defendías a tu equipo, no eras un fanático de verdad, y ese era el peor insulto que podías recibir después de haber pasado años dedicándote a celebrar sus victorias y sufrir sus derrotas.

Todo esto (sumado a innumerables causas adicionales) trajo como resultado que mi peor versión saliera a relucir.

Sarcástico, agresivo, envidioso, mentiroso, mal intencionado, extremista. Estas eran cualidades que ya tenía en mí, pero mi fanatismo las alimentó hasta convertirlas en parte de mi personalidad.

No sufrí consecuencias mayores, pero sí obtuve mucho sufrimiento a cambio de cortas alegrías y una inmensa cantidad de amigos con los que ya no hablo.

Desde los 12 hasta los 19 viví cegado por esta ilusión. En solo un par de ocasiones tuve momentos de claridad donde me di cuenta de que por más que discutiéramos, todos teníamos razón.

Lastimosamente aun estaba muy metido en la batalla como para darme cuenta de que era una guerra falsa y que éramos nosotros quienes la habíamos inventado.

Todavía faltaban años para ver las cosas como las veo ahora.

Mi fanatismo enferma

Terminé mis cinco años en El Humboldt y me gradué sabiendo más datos de fútbol que física, química y matemáticas combinadas.

Mi tendencia de fanático loco se mantuvo por un tiempo hasta que llegó la cura que marcó el inicio del fin: la universidad.

La Ingeniería Civil requería mucho más estudio que lo que necesitaba en El Humboldt y mis maratones de fútbol de los fines de semana se convirtieron en unas pocas horas al mes para ver los partidos más importantes.

Seguía siendo un orgulloso madridista, pero aceptaba que no era tan dedicado como antes.

Lo más importante de esta época fue que descubrí que no pasaba nada si me perdía la mayoría de los partidos.

En mis años previos a la universidad había adquirido una fuerte necesidad por estar al tanto del fútbol (lo que ahora se conoce como FOMO o «miedo a perderte de algo») al punto en que sentía que perderme los juegos me estaba volviendo un analfabeta deportivo, pero en solo un par de años empecé a notar que no pasaba nada por no estar totalmente conectado.

A final de cada temporada la conversación era más o menos la misma, y aun cuando no había visto todos los partidos, siempre tendría mi as bajo la manga («el Barça compra árbitros») para entrar a una conversación y sentirme cómodo.

No fue hasta después de graduarme de la universidad que entendí lo que significaba para mí el fútbol. De aquí saltamos al final de esta historia, donde irónicamente estoy más cerca y más lejos que nunca del fútbol español.

La muerte de mi fanatismo

Me mudé a Madrid y el estadio con el que soñaba a más de 10.000 km de distancia pasó a estar a 30 minutos en autobús.

¿Por qué dejé de ser fanático justo en el mejor momento para hacerlo? Por lo mismo que mueren la mayoría de las relaciones amorosas: problemas de dinero.

Ver un partido del R. Madrid en su estadio es relativamente costoso en mi situación actual, pero no es eso a lo que me refiero.

Hablo de que ni siquiera podía (ni quería) pagar el servicio de televisión para ver los partidos. Viviendo en Venezuela podía pasar meses sin ver jugar al Madrid, pero en cualquier momento encendía la tele y miraba un partido o un resumen.

Eso acabó cuando emigré. Más que eso, mi fanatismo murió cuando emigré.

Pasé a ver uno o dos partidos a la temporada y quedó comprobado que además de no necesitar el fútbol, soy más feliz cuando no lo veo.

Sin embargo, muchos amigos en la misma situación siguen viendo el fútbol y se las arreglan para seguir a sus equipos así sea por páginas ilegales de internet.

¿Por qué no hice lo mismo?

No se trata solo de los partidos

La muerte de mi fanatismo no solo ocurrió por mi imposibilidad para ver los partidos. De hecho, más que una causa, dicha imposibilidad fue consecuencia de muchos otros factores.

Factor #1: yo cambié

En primer lugar, mi percepción del mundo ha cambiado importantemente en los últimos años gracias a los libros y el contenido educativo en general.

Con el tiempo estoy aprendiendo a gestionar mi tiempo y emociones, y mientras más aprendo, más entiendo que el fanatismo (por el fútbol o cualquier otra cosa) no tiene cabida en mi idea de una vida feliz.

No es lo mismo ver el fútbol que ser fanático del fútbol. Ser un admirador es una cosa, pero invertir mi energía emocional en algo que no depende de mí en lo absoluto es masoquismo puro ante mis ojos.

Factor #2: la enemistad que promueve el deporte

Por otro lado, descubrir a tantas personas inteligentes y con ganas de mejorar el mundo me hizo preguntarme qué bondades aporta el fútbol a la humanidad (más de esto al final del post), lo que me llevó a concluir que aunque sí hay muchas cosas buenas, pienso que el progreso de la sociedad no es el objetivo del Madrid, el Barça, ni ningún otro equipo como el Chelsea o el Arsenal.

Los clubes son compañías, empresas que invierten dinero y esperan sacar beneficios.

A lo largo de los años han desarrollado estrategias muy efectivas para lograrlo, y ya que sus clientes (los fanáticos) se sienten emocionalmente ligados a sus clubes, se les ha hecho muy productivo utilizar una dinámica de «nosotros contra ellos» para crear clientes fieles que consuman de por vida (fanáticos radicales).

La idea de separar a la gente en bandos existe en todos los ámbitos (chavistas vs oposición, Apple vs Samsung, Rock vs Pop) así que no voy a acusar al fútbol como los únicos culpables de utilizar esta inconveniente dinámica cuando es una realidad en todos los deportes, pero al menos en mi caso, ser consciente de dicha realidad me permitió dar un paso al costado y no seguir formando parte de esta guerra ficticia.

Factor #3: ¿Qué aportan los futbolistas?

Otra pregunta importante para mí es qué aportan los futbolistas de élite a la comunidad.

Sé que hay un elevado porcentaje de futbolistas que hace generosas donaciones y da un excelente ejemplo a sus seguidores y a próximas generaciones, pero en mi análisis de la situación, lo negativo supera a lo positivo.

Una persona genera su mayor impacto mediante sus acciones cotidianas, o como dice el dicho, «la mejor forma de enseñar es dando el ejemplo.» En mi opinión, el ejemplo que dan la mayoría de los futbolistas no está a la altura de su enorme poder económico y mediático.

En lugar de una queja, ofreceré una solución: me gustaría ver a más futbolistas demostrando que son personas educadas, leídas, amables y con un mensaje que aportar más allá de la promesa de futuras victorias para sus clubes.

Me gustaría que se promoviera mucho más la idea de que la intención del juego es unir a la gente y alejar a los niños de las drogas y el vandalismo, no fomentar la competitividad tóxica en una eterna lucha por «títulos» que en realidad no representan más que un ingreso de dinero para el club ganador.

En fin, este punto es muy extenso como para desarrollarlo por completo en este post, pero en resumen: me gustaría que el fútbol ejerciera el enorme poder que podría ejercer sobre la felicidad de la humanidad si así lo quisiera.

Factor #4: los fanáticos

Haciendo un balance general, no son los futbolistas ni las instituciones las que más me han separado del deporte. Son los futbolistas amateur como yo lo que más peso han tenido en mis decisiones.

La enemistad que promueven los equipos profesionales (Madrid y Barça son claros ejemplos) es admirada por los fanáticos, que dentro de la cancha son capaces de agredirte físicamente con tal de ganar un partido donde la mayoría de los jugadores son amigos y donde muchas veces ni siquiera hay un título de por medio.

Me refiero a esos partidos amistosos (caimaneras) que empiezan por diversión y terminan por agresión. Si has jugado fútbol, you know.

Hay decenas de otros motivos que podría mencionar, pero estos cuatro son los más importantes y menos personales.

Son muchas las cosas negativas que he dicho sobre el fútbol. ¿Acaso todo es malo?

Lo bueno del fútbol

Existen infinidad de motivos por los cuales amo el fútbol y me encantaría verlo evolucionar. Si luego de todo lo mencionado te sientes desilusionado con él, te voy a dar 3 excelentes razones para que sigas practicándolo y siguiendo las ligas profesionales:

  1. El fútbol (y el deporte en general) es una de las mejores vías para conocer personas: mucho he hablado de lo mal que la pasé con el fútbol, pero también es importante mencionar que fue la herramienta que me permitió hacer amigos en El Humboldt y en la universidad. Hoy en día he olvidado a muchas personas que conocí a través del fútbol, pero asimismo tengo amistades que se crearon y fortalecieron al rededor de los torneos y las caimaneras.
  2. Es una forma de ejercicio a la que prácticamente nadie se niega: luego de haber pasado dos años hablando de fitness, sé lo difícil que es persuadir a alguien para ser más activo físicamente. Si tu única fuente de ejercicio es el fútbol, no lo sueltes ni por error.
  3. A pesar de no ser todo lo efectivo que podría, sí mantiene a miles de niños fuera de las calles y la delincuencia: si fuera presidente de la FIFA podría hacer más respecto a este tema. En esta oportunidad me limitaré a elogiar el decente trabajo que están haciendo y si de casualidad algún directivo importante está leyendo este escrito, le animo a seguir ayudando a la juventud perfeccionando los métodos que utilizan hoy en día.

Quiero aclarar que el fútbol ha formado gran parte de mi vida y por nada del mundo querría que desapareciera.

Igualmente, si eres un futbolero apasionado de los que guerrea por su equipo, no te deseo ningún mal ni quiero pretender que soy superior a ti solo por haber cambiado mis preferencias. Por el contrario, te animo a que analices tu propio fanatismo, decidas si es saludable para ti y mejores los aspectos de ti mismo que te hacen comportarte como un fanático tóxico.

A fin de cuentas, el fútbol no me hizo sufrir en ningún momento, fui yo quien sufrí al querer formar parte del lado oscuro del fanatismo donde se encuentran las más infernales guerras de egos que el mundo pueda concevir.

Al igual que pasa con las redes sociales, el fútbol no hace malo a nadie, solo es capaz de sacar lo peor de nosotros y dejarlo salir es nuestra culpa, no de Cristiano ni de Messi.

Además, el placer que produce el fútbol es uno de los más satisfactorios que he experimentado y sigo experimentando de vez en cuando en alguna caimanera de fútbol sala.

El deporte es bueno. El fanatismo no.

Practica el primero y desentiéndete del segundo.


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3 comentarios en «Por qué pasé de fanático a ignorante del fútbol»

  1. Buen articulo hermano, vine a dejar mi opinión porque me parece un tema el cual me identifico. Estoy en esa etapa de fanatismo puro al real madrid, (tengo 18 años), opino que el fanatismo es para personas que sepan como llevarlas, yo por ejemplo he conversado con amigos fanáticos del barcelona y siempre me dicen lo mismo «sextete», terminamos horas hablando sobre cuál club es mejor o cual tiene mejor inversión, pero no nos alejamos del tema como tal que es el fútbol, porque todos admiramos como son ellos siendo deportistas, por ejemplo: para mí Messi es sin duda un gran jugador, sus pases, su dinámica, su manera de llevar el juego, entonces opinamos más sobre el fútbol. Entonces, pienso que eso de ser fanático no es para todos, yo en toda mi vida conociendo el fútbol desde la generación de hazard, neymar o agüero jamás me he sentido con envidia, con malicia o con agresión, lo contrario, veo el fútbol como algo bonito. Así que es mi opinión, no es para todos ser un fanático, saludos 🤗

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