El cuento de Tachi

El cuento de Tachi

En el colegio teníamos un amigo que casi nunca hablaba. Era tan callado que a veces se nos olvidaba que estaba con nosotros, y cuando alguien se daba cuenta, gritaba «¡Verga, Tachi, estás aquí.»

Este cuento es de un día normal en la vida de Tachi (abreviación de «Tacchinardi») y aunque posiblemente él mismo lo haya olvidado, marcó un antes y un después en las historias que contaban mis amigos.

Antes de ese día había miles de relatos para divertirnos en el tiempo libre, pero después de esto, pareció como si la única historia que hubiera en el mundo era la de ese día en la clase de castellano.

Este es el cuento de Tachi.

La profe

La profesora de Castellano y Literatura que teníamos en ese tiempo era ligeramente incompetente. No era mala persona ni tenía malos métodos de enseñanza, su problema era que a veces daba la sensación de no manejar por completo el material que nos enseñaba.

Esto sumado a su actitud de «es así porque yo lo digo» hacía que nosotros (quienes solíamos molestar a los profesores más de lo que deberíamos) nos burláramos de ella.

Lo bueno era que la profe no se lo tomaba tan mal. Sí, se molestaba, pero al mismo tiempo sabía que no teníamos mala intención. De vez en cuando se reía con nosotros y si alguna vez llegaba a molestarse, sus castigos nunca eran tan severos.

De hecho, lo normal es que no hubiera castigo alguno. Casi todo eran amenazas que nos calmaban por el resto de la clase cuando se nos pasaba la mano con las interrupciones.

Un día, mis amigos (a quienes llamaré «los muchachos») empezaron a hacer un chiste típico entre nosotros: hablar como «fuños», cosa que empezó como un par de palabras y terminó en una conversación de fuños en medio de la clase.

Para quienes no lo sepan, este chiste tiene un humor bastante negro. «Fuño» (o «chingo») es el nombre que le damos en Venezuela a las personas que tienen labio leporino, una condición que hace a los niños nacer con el paladar deformado y les impide pronunciar algunas letras del abecedario, principalmente la «r.»

Es feo decir que nos burlábamos de los fuños, pero en verdad no los criticábamos ni queríamos hacerles daño. La cuestión de hablar como fuños es que es demasiado cómico, y ese día en la clase de castellano, el chiste de los fuños no falló.

Mía maíco, ¿Amos a haer a aina o no?

(Mira marico, ¿Vamos a hacer la vaina o no?)

Dijo tímido uno de los muchachos.

—O je maíco. Queo que mejój o ejamos pa’a añana.

(No sé marico. Creo que mejor lo dejamos para mañana)

Nada de esto tenía sentido. Era hablar por hablar y reírse de las imitaciones de los demás. Eso era todo.

Empezaron hablando solo dos de ellos y poco a poco se fueron uniendo los demás. Finalmente todo el grupo (5-6 personas) terminó hablando fuño y cerca del final de la clase, la profesora no aguantó más. Los regañó fuertemente y les hizo quedarse luego de que todos los demás se fueran al receso.

«¡Y no me sale ninguno a recreo!» gritó furiosa.

Llegado este punto, el chiste se había terminado. Los muchachos estaban preocupados porque los habían «detenido» en el salón y no sabían cómo terminaría lo que empezó como un chiste. ¿Sería esta la primera vez que la profe iba en serio con sus castigos?

Todos estaban serios mientras la profesora les gritaba explicándoles por qué lo que habían hecho estaba mal. A fin de cuentas, estaba mal y ellos lo sabían.

Mucho más teniendo en cuenta que no solo estaban interrumpiendo la clase sino también burlándose de los fuños, algo irrespetuoso de por sí.

Pasados unos minutos de fuertes regaños de parte de la profe (que nunca había estado tan molesta), uno de los muchachos notó algo raro.

Marico, Tachi. ¿Y tú qué haces aquí?

Tachi, que no se había burlado de los fuños y de hecho ni siquiera había formado parte de la conversación, se había quedado tieso ante el regaño de la profesora y no salió cuando los demás lo hicieron. La profe no sabía exactamente quienes habían sido, y como él se había sentado cerca de los demás, se había visto forzado a quedarse. Era tan callado que prefirió no decir nada.

¿Y qué pasó después de esto? Bueno… Los muchachos no podían ni terminar de contar la historia de la risa que les causó la sorpresa.

Que Tachi estuviera ahí fue tan cómico que la primera vez que escuchamos el cuento todos nos morimos de la risa hasta quedarnos sin aire. ¿Cómo era posible que se hubiera quedado a recibir el regaño? Lo peor es que las respuestas de Tachi siempre eran las mismas: encoger los hombros y decir «no sé» o alguna frase corta.

Nunca nos habíamos reído de él por hacerlo, pero en este contexto, esa encogida de hombros que todos conocíamos era lo más chistoso del mundo.

Fue cómico… Al principio

Digamos que los muchachos tardaron más de la cuenta en superar la historia. Era increíblemente cómica, pero todo chiste repetido termina aburriendo.

Luego de esto cada reunión llegaba en algún momento al cuento de Tachi y cada recuerdo de algo divertido recaía en la frase «¿Miren y se acuerdan del día que nos agarraron hablando fuño en castellano?»

En fin, fue un poco molesto, pero recordarlo es siempre bienvenido. Mucho más escribir esta historia para que los muchachos puedan leerla y revivirla.

Yo no estuve allí, pero he escuchado el relato tantas veces que ya me lo sé de memoria.

Este es el cuento de Tachi. ¿Te gustó?

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